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domingo, 2 de agosto de 2009

Apocalipsis 1590

No llegue al Pucará de Tilcara a hacer turismo, sino a ser testigo de una tragedia.

Tienen que poner "Ennio Morricone" en el seach de Youtube de esta página. En el tercer link hacia abajo, con el botón derecho del Mouse, abrir el link con "Abrir enlace en una pestaña nueva", y escuchan el tema mientras leen el escrito.

Se despertó con el canto de un pájaro cercano. Abrió los ojos y distinguió a la mujer que dormía a su lado. Acarició su panza embarazada y la mujer le dedicó una sonrisa sin lograr abrir los ojos. Se dio vuelta en la cama. Otate la tapó con las pieles que los cubrían cada noche. La mañana era fresca. Sabía que su mujer se levantaría más tarde. El embarazo la hacía más lenta y perezosa. Miró a sus dos hijos varones que dormían en el otro extremo de la habitación de piedra con techo de paja bajo. Sus hijos tenían seis y cuatro años. El primero ya hablaba bien el dialecto Cacán. El más chico apenas lo balbuceaba. Otate se levantó de la cama y se ajustó la capa de piel sobre los hombros. Buscó las alforjas y las llenó con algo de comida. Metió un pedazo de pan. Sacó su odre y lo sumergió en la vasija donde guardaba el agua. Vio como las burbujas de aire salían a la superficie y el odre se hinchaba hasta rebalsarse de agua. Lo cerró con el tapón de madera y se lo colgó del cuello. Levantó la puerta de madera de troncos y la hizo girar sobre el soporte, tratando de no hace ningún ruido que despertara a sus hijos y a su mujer que dormían entre las pieles. Miró hacia afuera.



Salió al frente de la casa, a la calle común. Otate vio los cerros del oeste iluminados por el sol. Caminó por la calle despareja, mientras se acomodaba el abrigo para calmar el fresco de la mañana. Levantó su vista y miró los cerros que rodeaban su casa de piedra. Estaban en la parte más alta del Pucará. Observó las nubes que cubrían la punta de los cerros.



Levantó su vista y vio que el viento corría de norte a sur. Pensó que las nubes se irían rápidamente y dejarían la luz cálida del sol de la estación de las flores. Miró hacia el sur y vio las nubes que, mientras corrían, mostraban detrás, un cielo celeste. Un cielo cristalino.



Otate era feliz. Ese era su mundo. El Pucará, su mujer, sus hijos, y las plantaciones de maíz que ayudaba a cuidar y regar todos los días. Se paró en medio de la calle y levantó sus brazos hacia el cielo. En Cacán agradeció al sol, que le calentaba el cuerpo en la nueva mañana.

Se paró con sus piernas abiertas sobre el canal de agua de riego. Con sus dos brazos, levantó la esclusa de madera unos centímetros, para dejar correr el agua por la acequia. El agua pasó descontrolada, a borbotones, hacia los sembrados de maíz. Era cristalina, límpida, pura. Reflejaba rayos de la luz del sol que iluminaban su cara. Vio como el agua se desparramaba por los innumerables canteros que bordeaban a la plantación de maíz. En ese momento, varias aves cruzaron entre graznidos por el cielo. Las aves iban de norte a sur. Otate se inquietó. Tuvo un mal presentimiento. Esa extraña sensación de que algo malo podría suceder.
Estaba inclinado sobre el almácigo de tierra que tenía en su interior las nuevas plantas, cuando sintió un grito fuerte y vio que varios indios que estaban en la plantación, corrían a auxiliar a alguien que llegaba gritando. Tiró el almácigo en la cesta de caña y corrió hasta donde estaban los otros indios reunidos. Todavía llevaba una asada en su mano. Iba corriendo, cuando vio que sus compañeros lo asistían al recién llegado en el suelo. Se asustó. Sentía sus gritos desgarrados. Cuando se acercó, vio al infeliz sentado en medio de la rueda que los otros indios le hacían. Vio que tenía profundos cortes en la espalda por donde mana la sangre roja del recién llegado. Cuando logró empujar a los otros y ver al recién llegado de frente, se horrorizó. El indio tenía cercenada una mano, que intentaban atársela para evitar la pérdida de sangre. Acompañado de varios indios armados, llegó al lugar, desde lo alto del Pucará, el cacique Chelemin, que no ocultó su impresión por el estado en que encontró al indio que había llegado.
- ¡¡Son hombres altos!!… ¡¡Que caminan montando animales de cuatro patas!!… - Dijo el indio en Cacán, desesperado. – ¡¡Tienen corazas… corazas como tortugas, que los cubren!!. ¡¡Ninguna de nuestras flechas logró lastimarlos!!… - Gritó desesperado. - Quisimos atacarlos pero no pudimos. – Les dijo con los ojos muy grandes. – ¡Ellos, sobre esos animales, eran muy altos!. ¡Parados, les llegábamos debajo de la cintura!… -
Los indios que lo rodeaban, lo escucharon preocupados sin poder entender a que se enfrentaban. Otate se separó del círculo de indios que rodeaban al recién llegado. Miró hacia arriba, en dirección al Pucará. Vio el techo blanco de su casa de piedra, donde seguramente estaría su mujer y los chicos jugando. Tiró la asada que llevaba en la mano y salió corriendo en dirección a su casa.

Rodrigo de Valdivia se sacó el casco y limpió la gota de transpiración que corría por su frente. Le incomodaba la armadura metálica. Tomó un trago de agua y miró el paisaje que los rodeaba. Vio que los cerros que los rodeaban, tenían llamativas franjas de colores. Estaban en medio de la quebrada. Su caballo resbaló sobre unas piedras en medio del terreno escabroso y desparejo. Miró al cura que llevaba en su carro la enorme cruz de madera que había traído desde Perú. Vio que el cura estaba medio borracho. Estaba atado al asiento del carro. De vez en cuando, su asistente lo enderezaba sobre el asiento de madera. Escuchó que uno de los soldados gritaba varios metros más adelante. El soldado señala hacia el sur. Valdivia se paró sobre los estribos del caballo. Hizo visera sobre su vista y logró distinguir lo que el vigía le señalaba. A lo lejos, entre los cerros, distinguió un Pucará. Seguramente allí se había dirigido el indio que se les había escapado a primera hora de la mañana. Apuro el paso de su caballo. El polvo del camino que levantó, envolvió la desordenada fila de soldados que venían detrás suyo.

jueves, 16 de julio de 2009

Ofelia. El Amor en la Cuesta de Miranda

El día era espléndido. Con un sol a pleno que iluminaba los colores de las Sierras de Sañogasta. La vieja Chevrolet Apache, dobló en la rotonda de Nonogasta hacia su derecha. Hizo unos metros y estacionó en una de las islas de la estación de servicio YPF que estaba a su derecha.
- Que hacés Manuel…-
Le dijo el viejo estacionero que en ese momento, le vendía gas oil a una combi cargada de turistas y que se dirigían hacia Villa Unión por la Cuesta de Miranda.
- ¡Hermoso día Francisco!...-
- ¡Sí, pero seguro que hay algo de nieve más arriba!. ¡Hace demasiado frío!. -
- ¡Por suerte, hice un buen acopio de leña este verano!...- Le dijo al estacionero prendiéndose el cuello de la vieja campera.
- ¡Vos si que sos precavido Manuel!. ¡Leña arriba no te falta!.-
- ¡Je, je!... ¡Ofelia no me deja pasar el verano sin cortar para el invierno!...-
- ¿Cómo anda Ofelia?.- Le preguntó presionando el gatillo de la manguera.
- ¡Bien!... ¡Aunque con algunos achaques!...-
- ¡¡Y ya no tenemos veinte años Manuel!!...-
Le dijo mientras la combi partía en medio del bullicio de los turistas que sacaban fotos a todo lo que encontraban.
- Cargame también el bidón de plástico…- Le dijo señalando el bidón verde que estaba atado en la parte de atrás de la camioneta.
- ¿Te vas a la chacrita?...-
- Si. Me espera Ofelia.-
- ¡Vos si que sos un hombre de suerte!...- Le dijo palmeándole la espalda.
Con una explosión por el caño de escape, la vieja Apache se puso en marcha. Manuel subió al pavimento y pasó por el frente de la curtiembre. Un rato después, pasaba por el costado de las chacras que están a la derecha del camino que sube a la cuesta. Vio los árboles de ramas blancas de una plantación de nogales. Pasó el puente sobre el Río Miranda. La tierra de volvió colorada, de un color cobrizo fuerte, que contrastaba con el escaso verde de los pocos arbustos que se animaban a fijar entre las piedras.


La camioneta se sacudió en medio del camino de ripio de cornisa. La detuvo en medio de una explanada definida como un mirador del lugar. El viento frío le agitó el grueso mechón de cabello plateado. Se ajustó la gorra a la cabeza. Cruzó el camino hasta el borde de la pared de piedra. Miró a lo lejos el espectáculo de ese, su sencillo mundo. En medio de esos álamos, allá abajo, lo esperaba su casa, la comida caliente y Ofelia. Miró la belleza que se veía a su derredor. Solo sintió el silbido del viento entre los cerros. Se persignó y agradeció a Dios el estar de vuelta. El día era hermoso. Un día a pleno sol en medio de la Cuesta de Miranda. La vieja camioneta arrancó con una nueva explosión. Manuel dobló hacia su derecha, por el camino que bajaba hacia el río que serpentea más abajo.

domingo, 28 de junio de 2009

Volviendo a Malargue – Esclavo del Amor:

Para leerlo, escuchando el tema de Brian Ferry, hacer lo siguiente:

Poner "Slave to Love" en el seach de Youtube de esta página. En el cuarto link hacia abajo, con el botón derecho del Mouse, abrir con "Abrir enlace en una pestaña nueva", y escuchan el tema mientras leen lo escrito.

Viene por la 144 desde San Rafael. Camina a buena velocidad hasta que la camioneta llega a la entrada de El Sosneado. Observa los cerros nevados del fondo, gira hacia la izquierda y toma por la 40 en dirección a Malargue. Esta cansado, pero feliz, es viernes a la tarde. Ha pasado la semana vendiendo fuera de su casa. Mira su reloj. Son casi las cinco de la tarde. Piensa en su mujer, que en esos momentos estará buscando a sus hijos en el colegio. Sin darse cuenta, se descubre sonriendo sobre el espejo retrovisor al recordarlos. Levanta la vista. Ve el cielo amenazadoramente oscuro, que presagia la tormenta. Un rayo dibuja su perfil quebrado, sobre el fondo oscuro del cielo encapotado. La lluvia, intensa, de gotas gruesas, lo sorprende cuando la camioneta pasa la entrada de la 40 hacia Las Leñas. El limpiaparabrisas se mueve rápido. Trata de limpiar, del vidrio, la enorme cantidad de agua que cae. Piensa en la llegada a su casa. A esta hora, casi seguro Marisa lo recibirá con mates dulces y algún bizcochuelo hecho por sus manos. Recuerda a su mujer en medio del agua del camino. Siente que la amaba profundamente. Marisa es su compañera. La misma de la secundaria. La del noviazgo precoz de los diecisiete años. La lluvia moja el suelo, hasta esos minutos secos, del sur de Mendoza. Cinco kilómetros antes de la entrada a Malargue, el diluvio comienza a parar. Tiene que detener el limpiaparabrisas. Las nubes se abren, dejando entrar los últimos rayos del sol de la tarde. Ricardo ve maravillado, la luz dorada del sol que alumbraba los álamos deshojados del otoño.




¡Amo Mendoza en Otoño!...

domingo, 31 de mayo de 2009

Las Callecitas de Tilcara tienen…






Ese que se yo ¿Viste?.
Diría Piazzola en “Balada para un loco”.
Recorrerlas a pie, nos muestra el encanto de los pueblos simples del Norte Argentino. Donde se mezcla el saludo amigo a cada paso, la sencillez sin estridencias de sus habitantes, el paisaje urbano con viejas casas de adobe, y siempre rodeados por cerros cercanos que enmarcan el límite del pueblo. Recorrer Tilcara es descubrir una postal en cada esquina. Es la delicia de cualquier fotógrafo. No en vano, Tilcara siempre está incluida dentro de cualquier circuito turístico por el Norte Argentino. Con sus calles desparejas, enripiadas, donde todo el mundo te saluda. Es espectacular en un día frío parar a tomarse un café bien cargado con tortas en algunos de los bares de la esquina de la plaza. Es hermoso visitar el Museo Terry, y mirar por la ventana del estudio el paisaje que vería el artista mientras recreaba su obra. Tilcara siempre muestra esos atardeceres enmarcados de cerros azules mientras muestra esa luz naranja de la puesta de sol.

domingo, 17 de mayo de 2009

Viaje a Villa Unión






Viaje a Villa Unión (La Rioja linda).

La Rioja está como dividida en dos partes: el llano y la precordillera con su macizo andino. De las dos partes, la más hermosa, para mi gusto, es la segunda. Y dentro de esta segunda zona, la de Villa Unión me parece una de las mejores. Por sus paisajes, por sus lugares turísticos para visitar, por la presencia de los Parques Nacionales, por su tranquilidad. ¡Que excepcional la tranquilidad de esos lugares!. ¡Sería la envidia de todo porteño!.
A Villa Unión, se llega por la 38, luego de dejar el árido del llano y Chamical, doblando hacia la izquierda en el primer desvió a la entrada de Patquía, por la provincial 150 en dirección a Paganzo. ADVERTENCIA: Es conveniente cargar combustible en Patquía, porque tenemos 200 Km sin ninguna estación por delante. El espectáculo comienza a 80 Km de Patquía, partir de Paganzo, donde nos vamos internando en una suerte de montañas, primero verdes, luego con extrañas formaciones como de castillos que hubiesen surgido empujados desde debajo de la tierra. Para luego entrar en una zona muy árida con formaciones similares al Valle de la Luna. En realidad, a 45 Km desde Paganzo, estamos pasando a la altura del famoso valle de los Sanjuaninos, a unos 15 Km del Valle de la Luna. Pero estamos miramos el valle por la puerta de atrás. La ruta es magnífica, una verdadera cinta perfecta que serpentea por formaciones extrañas y una enorme planicie en altura donde se encuentra el Parque Nacional de Talampaya. Una verdadera maravilla. Durante el viaje, dentro del Parque, cruzando esa planicie de unos 120 Km con varias ondulaciones, pudimos ver cinco ñandúes que escapaban a la carrera al ver la camioneta. Zorros que se perdían entre las matas del costado del camino. Algunas perdices que corrían cruzando la ruta y también una Liebre Mara. Todo producto seguramente de la prohibición de cazar por la zona. Los animales buscan refugio en los lugares donde no los agreden. En el viaje uno pasa por frente a la casa de los Guarda parques. Una casa del mismo color de la tierra que las rodea, siempre media colorada. Con buena comodidad, DirecTV, camioneta, radio para estar conectado. ¡¡Me imagino el cielo que verá el Guarda parque, cuando apaga las luces en la noche!!... ¡¡Debe ser descomunal!!... ¡¡Se sentirá dueño de la Vía Láctea!!. ¡Rodeado de la nada, con el pueblo más próximo a 70 Km!... ¡Y las estrellas que lo rodean como un casco!... ¡Debe ser brutal!... ¡¡Cómo lo envidio!!...
Luego de pasar Pagancillo y treinta Km después, el puesto de la Policía de La Rioja, se llega a Villa Unión.


Villa Unión:

La entrada es hermosa. Es la entrada de un pueblo con algunas casas de adobe, alguna vid a los costados, hilera de álamos en algunos tramos para frenar el viento. Esos pueblos tranquilos, donde todo el mundo se conoce, y sin conocerte, todos te saludan. En la avenida de entrada, hay dos hoteles de cuatro estrellas. Dicen que son del mismo dueño. El señor debe tener algo de dinero, porque son excelentes. A mano izquierda, está el Hotel Cañón de Talampaya – Ruta 76 – Km 272 – Tel: 03 825 470753 – www.hotelcanontalampaya.com - Es excelente, con habitaciones en departamentos separados, con entrada para vehículo individual, una entrada ambientada en rústico de muy buen gusto, cable, pileta de natación, y buena atención. En la página se pueden ver las comodidades. A la derecha, se encuentra el Hotel Pircas Negras – Ruta 76 – Acceso Sur – 03 825 470611/12 – www.hotelpircasnegras.com - Es excelente. Un hotel en dos plantas, con todas las comodidades, un generosa parque con la pileta principal. Un detalle: Tiene una vista excepcional. Sentado en las reposeras del parque, uno tiene al este, la imagen de la cadena del Famatina con sus cerros siempre nevados (Fabio me dice que es granizo, que dura todo el año). ¡¡Bellísimo!!... Al oeste, las primeras estribaciones de los Andes. Con los primeros cerros bajos de color ladrillo, y cerros azules y verdes detrás. ¡¡Los paisajes cambian a medida que el sol los ilumina de distinta forma durante el día!!. Nuevamente: ¡¡Bellísimo!!.
En el pueblo hay otro tipo de alojamientos más económicos. Hay desde cabañas a la entrada a $20 por persona. Hasta hoteles alrededor de la plaza. Es variado.
Les copio algunas fotos sacadas desde La Loma de Villa Unión. Un paisaje bucólico, para una pintura...


Visitas imperdibles:

La mencionada al Parque Nacional de Talampaya, donde hay tres circuitos, son siempre guiadas. Hay que ir temprano, porque a las cinco de la tarde ya no dejan ingresar más. Al Valle de la Luna por La Rioja. A la Cuesta de Miranda, y su paso por Sañogasta hacia Nonogasta y Chilecito. Donde se puede visitar las bodegas. A la Laguna Brava, que hay que ir con guía, porque se debe saber cuando subir, por donde ir y cuando bajar, porque se asciende mucho en la Cordillera. A San José de Jáchal (San Juan), por Guandacol que está a 143 Km de Villa Unión por la famosa Ruta 40. ¡¡Bello, bello, bello!!.

El datozo:

Fabio me convidó un vino Shyrá de Chilecito: “La Puerta Alta”. Me fijé y tiene el 13% de alcohol. Ultra suave. Sin ese desprendimiento de alcohol que tiene el vino cuando va hacia la nariz en el momento que uno se lleva la copa a la boca. Sobre cinco estrellas: Cuatro (Excelente).


Los sonidos del silencio:

Por una razón que no viene al caso, tuvimos que ir por la ruta 40 hacia Guandacol, por la ruta que va a San José de Jachal. A medio camino de Guandacol, está el sitio donde está emplazada la Repetidora de Telefonía de Agua del Medio. En medio de la nada, rodeada de cerros y distintas estribaciones montañosas. Es un lugar hermoso. El camino de acceso por la 40 es excelente, las vistas que muestra son bellísimas a cada paso. Tuvimos que bajar y hacer algunos trabajos allí. Cerca del medio día caminé solo hacia la ruta que pasa a unos ochenta metros de donde está emplazada la repetidora. Me paré en medio de la cinta asfáltica. Miré para ambos lados, viendo como la cinta se extendía sobre un camino ondulado. Una cinta perfecta, plana, lisa, muy bien marcada. Rodeada de cerros de distintas alturas de color ladrillo (el color predominante en la zona). Con colores azules en los lugares donde hay sombras, colores ocres y verdes suaves. El medio día era sin viento, a pleno sol, remarcando el azul celeste del cielo sin una sola nube. A lo lejos hacia el este, se podía ver la cadena del Famatina con sus nieves eternas. Hacia el Sureste, se distinguía la planicie del Parque Nacional de Talampaya. El camino se pierde entre cerros en su dirección hacia Guandacol. Pero en medio de tanta belleza, lo que llamó mi atención fue lo que las personas que habitan en la ciudad, no tienen ninguna posibilidad de disfrutar. NO SE SENTÍA UN SOLO RUIDO. EL SILENCIO EN MEDIO DE LOS CERROS ERA TOTAL. Me quedé unos minutos impactado por esa sensación de estar en otro mundo. De ser un hombre solo en medio del camino.
Hay cosas que no tienen precio, como dice la propaganda de cierta tarjeta de crédito, y el silencio total es una de ellas.